Contra la comodidad

Contra la comodidad

Comenzaré por decir que a mí, como a casi todo el mundo, no me gustan los zapatos incómodos. Ni, por supuesto, la ropa incómoda. Y también, como la mayoría, procuro huir de las situaciones desagradables, de los trabajos penosos, de las compañías engorrosas… Supongo que es una actitud natural. Pero, últimamente, tengo la sensación de que algo se nos está yendo de las manos en relación con esta conducta nuestra tan extendida.

Es más, creo que, en algún momento, nos hemos excedido. Y la búsqueda de la comodidad ha pasado de ser simplemente una conducta primaria a convertirse en un valor. Un valor importante al que vamos supeditando muchas, quizá, demasiadas cosas.

Por centrar el tema en la educación que damos a nuestros hijos, me preocupa que estemos demasiado empeñados en hacerles la vida más cómoda. No digo que esté mal ahorrarles algunas molestias, pero sin llegar al extremo de facilitarles tanto las cosas que se transformen en unos indolentes. Por ese camino, un día te encuentras con que hay que llevarles en coche a todas partes, que exigen una ayuda constante en sus deberes, que sólo les das de comer lo que les gusta o que participan lo mínimo en las tareas domésticas. Son sólo algunos síntomas. En cualquier caso, si hemos llegado hasta aquí, no ha sido por casualidad, sino que es el resultado de muchos años dedicados a procurarles una vida más confortable. Y por supuesto, rodeados siempre de todos los aparatos electrónicos que hemos ido comprándoles para aumentar su bienestar.

Con ser esto ya un problema, creo que corremos un riesgo aún mayor. El riesgo es que lo contrario de la comodidad no sea sólo la incomodidad sino también el esfuerzo. O que el esfuerzo se convierta en parte de esa incomodidad que les disgusta. Que vayan, entonces, rehuyendo todo aquello que les exija tesón o esmero. Y, de esta manera, nuestros hijos podrían llegar a un estado de apatía del que sólo salgan para pedirnos el último capricho tecnológico.

Tal vez pienses que exagero. Si es así, prueba esta tarde a comunicar a tus hijos que, a partir de ahora, iréis en bus a visitar a los abuelos o que cada semana tienen que limpiar su habitación o que el pescado de la cena tiene espinas. ¡A ver qué te dicen!

Fernando Pérez